El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Pero su soledad no duró mucho rato. En las losas de la terraza se oyeron ruidos de pasos y voces animadas y ante los ojos de Voland aparecieron Koróviev y Popota. El regordete ya no tenía su hornillo, iba cargado de otros objetos. Llevaba bajo el brazo un pequeño paisaje en marco dorado, le colgaba una bata de cocinero medio quemada, y en la otra mano llevaba un salmón entero con piel y cola. Los dos despedían olor a quemado, el morro de Popota estaba sucio de hollín y la gorra estaba muy chamuscada.

—¡Saludos, messere! —gritó la pareja incansable y Popota agitó el salmón.

—¡Qué pinta! —dijo Voland.

—¡Figúrese, messere! —gritó Popota excitado y contento—, ¡me han tomado por un ladrón!

—A juzgar por los objetos que traes —contestó Voland mirando el cuadro— eso es lo que eres.

—Querrá creer, messere… —empezó Popota con voz zalamera.

—No, no te creo —le cortó Voland.

Messere, le juro que a base de heroicos esfuerzos he intentado salvar todo lo que me fuera posible y esto es lo único que pude conseguir.

—Prefiero que me digas ¿por qué se incendió Griboyédov? —preguntó Voland.

Los dos, Koróviev y Popota, separaron los brazos, levantaron los ojos al cielo y Popota exclamó:


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