El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —Le oigo y prosigo —contestó el gato—, pues sÃ, aquà está el paisajito. No fue posible sacar otra cosa de la sala, porque el fuego me quemaba la cara. Corrà a la despensa, salvé un salmón. Corrà a la cocina, salvé una bata. Considero, messere, que he hecho todo lo que he podido y no comprendo la razón de la expresión escéptica de su cara.
—¿Y qué hacÃa Koróviev mientras tú estabas robando? —preguntó Voland.
—Estuve ayudando a los bomberos, messere —respondió Koróviev señalándose los pantalones rotos.
—Si eso es verdad, estoy seguro que habrá que construir un edificio nuevo.
—Será construido, messere —contestó Koróviev—, me atrevo a asegurárselo.
—Bueno, lo único que queda es desear que sea mejor que el anterior —dijo Voland.
—Asà será, messere —afirmó Koróviev.
—Puede creerme —añadió el gato—, soy un verdadero profeta.
—A pesar de todo, hemos llegado —comunicó Koróviev— y estamos esperando sus órdenes.
Voland se levantó del taburete, se acercó a la balaustrada y se quedó largo rato inmóvil, sin decir una palabra, de espaldas a su séquito, mirando a la ciudad. Luego se apartó del borde de la terraza, se sentó en el taburete y dijo: