El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¿Ha oÃdo? —preguntó el maestro.
—Es la tormenta…
—No; me están llamando, ya es hora —explicó el maestro, levantándose de la cama.
—¡Espere un poco! ¡Sólo una palabra! —pidió Iván—. ¿La encontró? ¿Le ha sido fiel?
—Aquà está —contestó el maestro señalando a la pared. De la blanca pared se separó la figura oscura de Margarita, que se acercó a la cama. Miró con lástima al joven acostado.
—Pobre, pobre… —susurraba sin voz, inclinándose sobre la cama.
—Qué guapa —dijo Iván sin envidia, pero tristemente, con una especie de ternura infantil—. Mira, qué bien les ha salido todo. Pero lo mÃo ha sido distinto —se quedó pensando y añadió—: A lo mejor, asà tiene que ser…
—SÃ, sà —susurró Margarita, y se inclinó sobre la cama—. Le voy a dar un beso y ya verá cómo todo se resuelve… Créame, ya lo he visto todo, lo sé…
El joven rodeó con sus brazos el cuello de la mujer y ella le dio un beso.
—Adiós, discÃpulo —apenas se oyó la voz del maestro y empezó a desvanecerse en el aire. Desapareció junto con Margarita. La reja del balcón se cerró.