El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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—Ay, no, messere —intervino Margarita, sentada en el sillín como una amazona, con una mano en la cintura y arrastrando la larga cola por el suelo—. Permítale que silbe. Siento una gran tristeza antes del viaje. ¿No le parece, messere, que es lo más natural, incluso sabiendo que al final del camino está la felicidad? Que nos haga reír, porque me temo que esto va a terminar con lágrimas y no me gustaría que emprendiéramos así el camino.

Voland le hizo una seña a Popota; éste se animó mucho, saltó del caballo, se metió los dedos en la boca, hinchó los carrillos y silbó. Margarita sintió un terrible zumbido en los oídos. Su caballo se encabritó, de los árboles empezaron a caer ramas secas, toda una manada de urracas y gorriones echó a volar, un remolino de polvo avanzó hacia el río y todos vieron que en un barco que pasaba junto al muelle varios pasajeros perdieron sus gorras, que cayeron al agua.

El maestro se estremeció; pero siguió de espaldas, gesticulando aún más, levantando los brazos hacia el cielo, como si estuviera amenazando a la ciudad. Popota miró alrededor, orgulloso.

—Has silbado, no lo niego —dijo Koróviev en tono condescendiente—, has silbado. Pero, como soy imparcial, te diré que el silbido te ha salido bastante regular.


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