El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita —¡Para siempre!… Esto hay que comprenderlo —susurró el maestro, pasándose la lengua por sus labios resecos y partidos. Prestó atención a todo lo que sucedÃa en su alma… Después de la emoción sentÃa una profunda y encarnizada ofensa. Pero no fue un sentimiento duradero; le sucedió una indiferencia orgullosa; por último, experimentó un presentimiento de la paz eterna.
El grupo de jinetes esperaba al maestro en silencio. Miraban la negra figura al borde del precipicio, que gesticulaba, levantaba la cabeza como queriendo atravesar con la vista toda la ciudad, ver más allá de sus lÃmites, y luego apoyaba la barbilla en el pecho, estudiando la hierba pisoteada y mustia bajo sus pies.
El aburrido Popota interrumpió el silencio.
—PermÃtame, maître, que silbe antes de emprender la marcha.
—Puedes asustar a la dama —contestó Voland—, y además ya has hecho bastantes trastadas por hoy.