El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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31. En los montes del Gorrión

La tormenta se disipó sin dejar rastro y un arco multicolor, cruzando todo el cielo de la ciudad, bebía agua del río Moskva. En lo alto de un monte, en medio de los bosques, se veían tres siluetas oscuras: Voland, Koróviev y Popota, montando negros corceles, contemplaban la ciudad a la otra orilla del río. El sol quebrado se reflejaba en miles de ventanas y en las torres de alajú del monasterio Dévichi.

Se oyó un ruido en el aire, y Asaselo, con el maestro y Margarita, que volaban tras su capa negra llena de viento, bajaron hacia el grupo de gente que les estaba esperando.

—Tuvimos que molestarles —dijo Voland después de una pausa, dirigiéndose a Margarita y al maestro—, espero que no me lo reprochen. No creo que se arrepientan. Bien —dijo al maestro—, despídanse de la ciudad. Ha llegado la hora —Voland indicó con su mano enguantada los soles innumerables que fundían los cristales a la otra orilla, donde la niebla, el humo y el vapor cubrían la ciudad, calentada durante el día.

El maestro saltó del caballo, abandonó a los demás y corrió hacia el precipicio. Arrastraba por el suelo su capa negra. Se quedó mirando la ciudad. Por un momento una gran tristeza le oprimió el corazón, pero pronto empezó a sentir una dulce ansiedad, una emoción de gitano nómada.


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