El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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Ah, sí, es preciso señalar la primera particularidad de esta siniestra tarde de mayo. No había un alma junto a la caseta, ni en todo el bulevar, paralelo a la Málaya Brónnaya. A esa hora, cuando parecía que no había fuerzas ni para respirar, cuando el sol, después de haber caldeado Moscú, se derrumbaba en un vaho seco detrás de la Sadóvaya, nadie pasaba bajo los tilos, nadie se sentaba en un banco: el bulevar estaba desierto.

—Agua mineral, por favor —pidió Berlioz.

—No tengo —dijo la mujer de la caseta como ofendida.

—¿Tiene cerveza? —inquirió Desamparado con voz ronca.

—La traen para la noche —contestó la mujer.

—¿Qué tiene? —preguntó Berlioz.

—Refresco de albaricoque. Pero no está frío —dijo ella.

—Bueno, sírvalo como esté.

El sucedáneo de albaricoque formó abundante espuma amarilla y el aire empezó a oler a peluquería.

Después de refrescarse, a los literatos les dio hipo. Pagaron y se sentaron en un banco mirando hacia el estanque, de espaldas a la Brónnaya.


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