El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita En este momento ocurrió la segunda particularidad, que concernía exclusivamente a Berlioz. De pronto se le cortó el hipo; le dio un vuelco el corazón, que por un instante pareció hundírsele; sintió que volvía luego, pero como si le hubieran clavado en él una aguja, y a Berlioz le entró un pánico tal que hubiese echado a correr para desaparecer rápidamente de «Los Estanques».
Miró alrededor con desazón sin comprender qué era lo que le había asustado. Palideció y se enjugó la frente con el pañuelo. «Pero ¿qué es esto? —pensó—. Nunca me había pasado nada igual. Será el corazón que me falla… Estoy agotado…, ya es hora de mandar todo a paseo… y a Kislovodsk…»
Y entonces el aire abrasador se espesó ante sus ojos, y como del aire mismo surgió un ciudadano transparente y rarísimo. Se cubría la pequeña cabeza con una gorrita de jockey y llevaba una ridícula chaqueta a cuadros. También de aire… El ciudadano era largo, increíblemente delgado, estrecho de hombros y con una pinta, si me permiten, bastante burlesca.