El Maestro y Margarita

El Maestro y Margarita

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En aquel momento, y junto a la salida de la calle Brónnaya, se levantó de un banco y salió a su encuentro el mismo ciudadano que surgiera del calor abrasador. Pero ahora ya no era de aire, sino normal, de carne y hueso y, a la luz del crepúsculo, Berlioz divisó con claridad que su pequeño bigote era como dos plumas de gallina, los ojos diminutos, irónicos y abotargados. El pantaloncito de cuadros tan corto que se le veían unos calcetines blancos y sucios.

Mijail Alexándrovich retrocedió, pero le calmó la idea de que podía ser una simple coincidencia y que, fuera lo que fuera, no era momento de pensarlo.

—¿Busca el torniquete? —inquirió el tipo de los cuadros con voz cascada—. Por aquí, por favor. Siga derecho, que llegará donde va. ¿Y no me daría algo por la ayudita para echar un trago? ¡Está más averiao el ex chantre!…

Y se quitó la gorra de un golpe, haciendo muchos visajes.

Berlioz, sin escuchar al pedigüeño y remilgado chantre, corrió al torniquete y lo agarró con la mano. Lo hizo girar y ya estaba dispuesto a pasar sobre la vía, cuando una luz roja y blanca le cegó los ojos; se había encendido la señal: «¡Cuidado con el tranvía!».


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