El Maestro y Margarita
El Maestro y Margarita El tranvía apareció inmediatamente, girando por la línea recién construida de la calle Yermoláyevski a la Brónnaya. De pronto, al volver y salir en línea recta, se encendió dentro la luz eléctrica; el tranvía dio un tremendo alarido y aceleró la marcha.
El prudente Berlioz, aunque estaba fuera de peligro, decidió volver a protegerse detrás de la barra; cogió el torniquete y dio un paso atrás. Se le escurrió la mano y soltó la barra. Se le resbaló un pie hacia la vía deslizándose por los adoquines como si fueran de hielo; con el otro levantado, el traspiés le derrumbó sobre las vías.
Cayó boca arriba, golpeándose ligeramente la nuca. Aún tuvo tiempo de ver —no supo si a la izquierda o a la derecha— la áurea luna. Se volvió bruscamente, encogió las piernas y se encontró con el pañuelo rojo, la cara de horror, completamente blanca, de la conductora del tranvía que se le aproximaba inexorablemente. Berlioz no gritó, pero la calle estalló en chillidos de mujeres aterrorizadas.
La conductora tiró del freno eléctrico, el tranvía clavó el morro en los adoquines, dio un respingo y saltaron las ventanillas en medio de un estruendo de cristales rotos.