Don Juan

Don Juan

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En la primera pasión de su vida la mujer ama a su amante; en las demás pasiones ama tan sólo al amor. El amor se convierte para ella en un hábito que le es imposible abandonar; cual un vestido que siempre le estuviera bien; como un guante flexible que se ajustara perfectamente a sus manos. No sé en quién estará la falta, pero lo que hay de seguro es que la mujer que haya gustado los placeres del amor, si no se hace beata, gusta de ser cortejada necesariamente, según las reglas que exige la decencia. No hay duda posible: dado el primer paso, el corazón femenino se dedica en lo sucesivo a la misma dulce agonía. Algunas, según parece, no amaron ni la primera vez; pero las que amaron no se contentarán con aquel primer amor solamente. Y triste cosa es ver que el amor y el matrimonio no llegan a juntarse sino muy raras veces, siendo así que el uno es una consecuencia del otro, que el casamiento nace del amor, como del vino nace el vinagre. Porque es cierto que ésta es una bebida desagradable, agriada por el tiempo.

Juan y Haida no fueron matrimonio, pero esto es cuenta de ellos, y no estaría bien que el casto lector me reprendiera a mí porque no lo fueran. No obstante, eran felices. Felices en su misma inocencia. Mas eran también cada vez más imprudentes. Haida olvidó que la isla pertenecía a su padre. Iba a menudo a ver a don Juan, y apenas se separaba de él en tanto el pirata cruzaba los mares.


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