Don Juan

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La vuelta del buen viejo se había retardado a causa de los vientos, las olas y, en especial, por unas presas importantes que hubo que hacer. La esperanza de un nuevo botín le retenía aún sobre los mares. Pero, de todos modos, un día, el padre de Haida, se decidió a volver. Preparó, entre las mil maravillosas cosas adquiridas en su piratería, un hermoso regalo para su hija. Telas francesas, encajes, loza fina, un perro holandés, un mono, dos loros, una gata de Persia con su cría y un perrito faldero que había pertenecido a un inglés que murió sobre las costas de Francia; todo ello constituía sus presentes. Dispuesto ya todo en sus buques corsarios con el mejor arreglo, ordenó que su propio barco almirante tomara rumbo hacia la isla. A ella llegó, sin que nadie lo esperase, prontamente. Desembarcó, y después de dirigir a la marinería las recomendaciones del caso, atravesó la playa y subió por la pendiente de una colina que dominaba la explanada, en la que resaltaban a la luz del sol las blancas paredes de su casa.

Nadie lo esperaba, y así las emociones siempre singulares que ocupan el corazón de los viajeros al retorno a su hogar, palpitaban en el suyo con especial fuerza. Lambro, que así se llamaba el anciano, contempló con alegría el paisaje familiar, y miró con ternura el humo que partía hacia los cielos desde la chimenea de su casa.


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