Don Juan
Don Juan Lambro, aunque extrañado, no se enfadó, e imaginó ingenuamente el proceso de acontecimientos que su supuesta muerte había producido en la isla. Supuso que durante muchos días su casa se vestiría de luto, y el dolor de Haida sería incontenible. Adivinó que, con el transcurso del tiempo, el duelo habría ido cediendo y los ojos y las gargantas de sus gentes que tanto le amaban se habrían al fin secado; que el buen color tornaría a animar las mejillas de la hermosa Haida, las lágrimas habrían desaparecido de sus bellos ojos, y que ya, por fin, con alegría no exenta de penosos recuerdos, la casa se gobernaba bajo sus órdenes… Pero una frase del esclavo le llenó de inquietud y su rostro adquirió momentáneamente un sombrío aspecto: "Nuestro antiguo amo, creíamos todos que había muerto", dijo el esclavo, y ahora vuelve… "Nuestra ama… O mejor dicho, nuestro nuevo amo…" Lambro no escuchó más. Atravesó rápidamente el amplísimo vestíbulo, y por una puerta que le era bien conocida entró en el salón de su hija, a cuyo fondo se abría su cuarto de descanso y desde el que se contemplaban las hermosas pieles de su lecho. Semiescondidos, tras unas columnas, vio a Haida y don Juan sentados ante una magnífica mesa de marfil ricamente servida. Una tropa de esclavos les rodeaba, y por todas partes resplandecían las pedrerías, el oro, la plata, el nácar, las perlas y los corales. Cerca de cien platos se servían en este íntimo banquete. La sala estaba adornada con tapices de terciopelo. Haida y su amante tenían a sus pies una riquísima alfombra de raso carmesí y se hallaban indolentemente tumbados sobre un blando sofá que ocupaba toda la amplia cabecera de la mesa. Lambro pudo ver claramente a su hija, cuyo hermoso y atrevido vestido confundía sobre su seno los delicados matices del azul, el blanco y el rosa, velados por el fino lienzo de su camisa, a cuyo través se percibía un ligero movimiento de elevación y abatimiento semejante al de una blanda ola. Iba cubierta de refulgentes joyas y llevaba, como heredera soberana de la isla y sus dominios, un gran anillo de oro en la pierna desnuda. Las ondas de su larga, negrísima y hermosa cabellera, como un torrente de los Alpes iluminado por los rayos de la aurora, descendían sobre sus hombros. Esparcía Haida en torno suyo una incontenible atmósfera de vida y alegría. Sus miradas parecían comunicar al aire una inexpresable suavidad y sus ojos eran los más dulces, celestiales, castos y amorosos de cuantos se hayan abierto jamás en la tierra.