Don Juan
Don Juan Lambro, hombre duro, frÃo y de pocas palabras, extendió su mirada por la amplÃa habitación deseando sorprender la imagen de su hija Haida, tanto con el deseo de abrazarla como con la esperanza de hallar en las palabras de ella la explicación de tan inesperada fiesta, que acaso suponÃa motivada por su regreso, aunque de él no hubiera anticipado la menor noticia. Mas la bella Haida no se hallaba en la estancia, y, lamentablemente, uno de los esclavos, al conocer a su amo, vino a arrojarse a sus plantas profiriendo exclamaciones mezcladas con gritos de alegrÃa, por las que el viejo pirata soberano de la isla vino a conocer que en ella se le daba por muerto, y que el festÃn que presenciaba era uno de los festejos organizados por su hija para celebrar su ascensión a la heredada soberanÃa.