Don Juan

Don Juan

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Don Juan y su amada se hallaban entregados a la dulce saciedad de sus corazones, ignorantes de la espléndida mesa, los manjares, las luces y los criados que les rodeaban. Deseosos de permanecer absolutamente solos, ordenaron a éstos que abandonaran la sala y, desconocedores de la presencia de Lambro, escondido tras las columnas, se dirigieron hacia el lecho. Haida y Juan pensaban en aquellos momentos que los cielos, la tierra, el mar, el aire estaban exclusivamente hechos para ellos, y veían resplandecer en sus ojos todas esas bellezas de la vida, junto a la alegría, que brillaba como un diamante, y sabían que tanto brillo y tanto resplandor no eran más que el último secreto de sus propios ojos entregados a la amante contemplación mutua. Los tiernos abrazos, el estremecimiento de sus manos enlazadas, la elocuente expresión de sus miradas, tales eran, con la más envidiable intimidad, los entretenimientos y placeres de aquellos dos hermosos jóvenes que no parecían sino dos niños, y que hubieran permanecido siéndolo hasta su postrer día. Desde el lecho, unidos en lánguido abrazo, contemplaban los dos la caída del sol, aquella hora tan agradable para todos los mortales, pero especialmente sentida para ellos, puesto que era la misma que les acompañó el primer día en que se amaron. Inesperadamente, un estremecimiento repentino vino a interrumpir la embriaguez en calma gozosa de sus corazones. Fue como cuando el viento roza las trémulas cuerdas de un arpa y las hace vibrar, o como cuando curva el vuelo de una llama. Una especie de presentimiento les hizo estremecerse: Juan suspiró hondamente, y los ojos de Haida dejaron correr por sus mejillas una leve lágrima, completamente nueva para ella. Entonces él le preguntó por qué lloraba, pero Haida unió sus labios a los de Juan haciéndole callar con aquel tierno beso, que desterró de su corazón toda tristeza. Sus pensamientos, sin embargo, estaban ambos seguros de ello y ninguno de los dos podía engañar al otro, se movían en una extraña nube. Enlazados y con los corazones próximos, pensaron los dos que acaso deberían morir entonces. ¿Por qué no? ¿No sería aquél el mejor momento? Demasiado habían vivido, puesto que en sus pechos había nacido, crecido y alcanzado las más altas cimas el amor. Ellos hubieran debido vivir invisibles y desconocidos en el interior de los más espesos bosques, como viven los melodiosos ruiseñores, en vez de habitar los vastos desiertos de la sociedad, donde todo es vicio y odio…


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