Don Juan

Don Juan

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Reclinado sobre el seno de Haida, Juan se durmió con el sueño del amor. En la calma y dulzura de aquel contacto, la misma niña cerró sus ojos y tuvo un sueño. Ensoñó que estaba sola a la orilla del mar, encadenada a una roca. Las olas venían hacia ella amenazantes, golpeaban su cuerpo y a veces dejaban en sus labios su sabor acre… Sin saber cómo se hallaba salvada, corriendo ligera y angustiada sobre la húmeda arena y las agudas rocas, cuyas aristas destrozaban sus pies… Se hallaba luego en una cueva y sus cabellos húmedos se pegaban a la piel de su cuerpo desnudo, produciéndola una sensación de frío inexpresable. A sus pies se hallaba extendido Juan, sin vida, pálido como la espuma de las olas… Aquel ensueño, tan breve y extraño, le pareció a Haida toda una larga vida entera, y sintió su corazón oprimido al volver a la realidad.

Fue entonces cuando Lambro, que había permanecido silencioso durante largas horas, salió de su escondite y avanzó con el ceño fruncido y lentamente hacia los amantes. Haida volvió la cabeza y se estremeció violentamente… Lanzó un grito doloroso, que despertó a Juan, el cual, viendo la expresión del rostro de Haida ante un padre al que creía muerto, se levantó también y la sostuvo con su brazo izquierdo, en tanto que, adivinando claramente un peligro, tomaba de la pared uno de los sables colgados en ella.


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