Don Juan

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Lambro siguió avanzando lentamente. Una sonrisa desdeñosa surcó su rostro y dijo: —Al alcance de mi voz aguardan mis órdenes mil cimitarras como ésa; deja ahí la tuya, joven; deja tu acero inútil; de poco podrá servirte.

Haida retiene a Juan en sus brazos, exclamando:

—Juan, es… Landro… Es mi padre. ¡Juan! Arrójate como yo a sus plantas. La hermosa joven lo hizo así ella misma, y con la cabeza derribada murmuró a las plantas del viejo: —Tierno padre mío, en esta angustia de gozo y de dolor, en el momento en que beso enajenada de felicidad la extremidad de vuestra capa, ¿pueden por ventura mezclarse con mi gozo filial, asombrado y dichoso de volver a veros cuando os tenía por muerto, la duda o el temor? ¡Padre querido! ¡Haced de mí lo que queráis, mas perdonad a este joven!

El viejo Lambro permanecía inmóvil, duro y rígido como una estatua, en medio de la estancia. Reinaba en ella una calma absoluta, y la mirada de él manifestaba total serenidad, pero también toda falta de sentimiento. Miró largamente a su hija. Después miró a don Juan, notando que éste que conservaba el acero en su mano derecha, se hallaba dispuesto a combatir: —Joven arroja ese sable a mis pies —dijo el anciano. Juan respondió: —Nunca, mientras mi brazo esté libre y desconozca vuestras intenciones.


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