Don Juan

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Don Juan miraba a ambos, tan próximos uno a otro, y se sorprendía de su extraordinaria semejanza. Una misma expresión animaba su fisonomía, feroz y serena, sólo con una leve diferencia en el temblor de la llama que arrojaban sus grandes ojos negros. Contemplándolos, pudo notar don Juan que una tormenta se debatía en el interior de Lambro y hasta que éste vacilaba un momento. Bajó su arma, pero de nuevo volvió a alzarla; dijo, mirando firmemente a su hija, como si quisiera penetrar sus más profundos pensamientos: —No soy yo quien ha buscado le pérdida de ese extranjero, ni la causa de esta escena de desesperación. Debo simplemente cumplir con mi deber. ¿Cómo has cumplido tú con el tuyo? Lo presente responde de lo pasado. De nuevo bajó su arma, se llevó un silbato a la boca, y apenas lo aproximó a sus labios y se escuchó su silbido, cuando se precipitaron tumultuosamente en el aposento unos veinte piratas armados de pies a cabeza, que en un segundo rodearon a Lambro.

—Prended o matad a ese extranjero — gritó el viejo—.





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