Don Juan
Don Juan Su nombre, no obstante, se repite, acompañado de un suspiro, por todas las jóvenes griegas que entonan a la luz de la luna sus cantos de amor, y hasta existen viejos marineros que entretienen las largas noches invernales de sus navegaciones relatando la historia de Lambro, a quien la naturaleza concedió el valor, tanto como a su hija la belleza. Si ella amó imprudentemente, la pérdida de la vida fue suficientemente precio de sus actos… Hay siempre un castigo reservado para cuantos se hacen culpables. Nadie piense, pues, en huir del peligro, porque tarde o temprano, el amor es su propio vengador…
Herido, cargado de hierros, encerrado en un camarote semejante a una jaula, permaneció don Juan muchos días y muchas noches, sin poder casi recordar con precisión lo sucedido y sin que nadie se lo recordase. Cuando, al fin, consiguió volver a la razón, se encontró sobre el mar, navegando a seis millas por hora. Tenía ante sus ojos las playas de Ilión, que en otra ocasión diferente se hubiera conceptuado dichoso de contemplar, pero que entonces apenas consiguieron distraer su atención con su belleza.