Don Juan
Don Juan Así vivió y murió la bellísima Haida. Quedó para siempre libre de los ataques del dolor y de la vergüenza, ya que no había nacido para soportar durante años enteros ese pesado fardo de penas del que sólo la vejez liberta a los corazones con su frío postrero. Sus días y sus dichas fueron cortos, pero deliciosos; fueron tales, que no hubieran podido durar si su destino hubiera sido más largo. Hoy duerme en paz en la playa más clara de la Isla, en cuya mansión amó y fue amada tan intensamente… Aquella isla es hoy árida y desierta, sus casas han sido derribadas y sus habitantes se han dispersado; no existe en ella más que la tumba de Haida y la de su severo padre, y nada recuerda allí la morada de los mortales. Ni aun siquiera podría saberse con exactitud el lugar donde yace aquella amante tan hermosa. Ninguna piedra lo señala, ninguna leyenda explica su emplazamiento, ninguna voz hace oír el canto fúnebre que sería preciso dedicar a la belleza de las Cícladas, a no ser la resonante voz de las olas.