Don Juan
Don Juan Pobre y hermosa Haida. Durante doce días y doce noches fue aniquilándose su vida, sin un suspiro, sin una lágrima, sin una mirada que indicase su tránsito. Su alma voló hacia el cielo y nunca pudieron saber los que la velaban el momento exacto en que ello sucedió. Murió, y no murió sola, ya que en su seno vivía ya otro germen de vida que hubiera podido crecer un día: el hijo inocente de la madre culpable, hijo que terminó su breve existencia sin ver la luz y que murió sin haber nacido, en la misma tumba en que hubieran de marchitarse juntas la rama y la flor, heridas por un mismo golpe.