Don Juan
Don Juan Enérgica, lo mismo para el bien que para el mal, ardiente desde su niñez, la sangre morisca de Haida vive bajo la influencia del astro omnipotente lo mismo que la tierra de su patria materna. La belleza y el amor fueron la dote de su madre, y así los grandes ojos de la bella amante de don Juan expresan y demuestran todas las pasiones que dentro de ella anidan, aunque éstas se hallen adormecidas, como un león junto a una fuente. El único ser en el que nuestra bella ha fijado sus miradas es Juan su adorado amigo, y la última vez que sus ojos lo han contemplado se hallaba él ensangrentado, derribado y vencido. Ella lo ve, y por un momento su sangre mora se rebela y alza, pero más tarde, un gemido convulso termina sus angustias. Cae entonces en los brazos de su padre, como se desploma el cedro derribado por el hacha del leñador. Se había roto una vena dentro de su pecho y sus hermosos labios, suaves y bermejos, eran manchados por la sangre negra que de ellos brotaba. Su cabeza se inclinó como un lirio fatigado por la lluvia, Lambro, aterrado, pues amaba a su hija profundamente, llama a su servidumbre a grandes voces. La llevan a su lecho, todos con el llanto en los ojos, y la aplican cuantos cordiales, tratamientos y plantas saludables conocen… Pero todos sus cuidados fueron vanos: la vida no podía ya conservarla para ella y la muerte estaba a punto de destruirla. Permaneció algunos días en el mismo estado: yerta ya, pero sin que en su rostro apareciese la menor huella lívida, conservando aún sus hermosos labios sonrosados. Su joven corazón había cesado de latir, pero la muerte parecía aún hallarse ausente. Ninguna triste señal la indicaba. No vino la putrefacción a destruir la esperanza última de los que intentaban prolongar su vida. Al contemplar aquel bello y apacible semblante, creeríase que se hallaba dormida. La llama inmaterial del alma animaba sus facciones, y hasta el instante último en que hubo de ser depositada en ella había en su rostro y en su bello cuerpo un algo misterioso y profundamente atrayente que impedía que fuese del todo reclamada por la tierra.