Don Juan
Don Juan En aquel momento, un viejo personaje, a primera vista digno de ser clasificado en el tercer sexo, se adelantó, mirando a los cautivos, en los que parecía estudiar detenidamente la apostura, la edad, la belleza y la capacidad, como para ver si eran dignos de la jaula que se les destinaba. Jamás fue ojeada una dama por su amante, un caballo por el chalán, un paño por el sastre, el dinero por un abogado, un ladrón por el carcelero, como lo es un esclavo por aquél que quiere comprarle. Cosa chistosa es, desde luego comprar a nuestros semejantes. Estos se venden y se compran siempre, sin embargo, aunque no se trate del mercado de Constantinopla. Se venden y se compran los rostros bonitos, los empleos, los sentimientos, las pasiones.
Todo tiene su tarifa, desde ricos escudos a tristes puntapiés, conforme a las virtudes y los vicios.
Habiendo observado el eunuco a los dos cautivos con atención, se volvió hacia el vendedor y comenzó su trato sobre uno y otro; le contestó aquél, disputaron, juraron como si estuvieran en una feria cristiana ajustando un buey; de manera que la compra de aquel ganado humano causó toda la algarabía de una batalla. Terminaron, por fin, comprador y vendedor, por murmurar entre dientes; sacó su bolsillo el eunuco, entregó la suma correspondiente al otro, la examinó cuidadosamente, firmó los recibos, y, satisfecho, comenzó a pensar en secreto en su comida.