Don Juan
Don Juan Si os sorprende que tuviera aquel rufián buen apetito, tenéis el mismo criterio que yo. De todos modos, Voltaire pretende que Cándido consideraba más tolerable la existencia mientras hacía sus digestiones, y así el vendedor de nuestra historia se consolaría con un buen almuerzo de su triste comercio. Yo no le aplaudo el gusto. Pienso, como Alejandro, que el acto de comer, con otros dos o tres más de la vida, nos hace conocer dolorosamente lo que hay de mortal en nuestra naturaleza. Si un asado, un guisado, un pez y una sopa pueden procurarnos daño o placer, ¿quién puede tener la vanidad de poseer una inteligencia que de tal manera depende de los jugos gástricos? Esta es la desolada conclusión que alcanzamos. La otra tarde (el viernes pasado), y ello es un hecho, no una fábula poética, acababa de embozarme en mi capa y tomaba mi sombrero y mis guantes de sobre la mesa, cuando oí un tiro. Salí a la calle y hallé tendido en ella a un bravo militar, que apenas respiraba. Por alguna razón, que no conozco, le habían traspasado de un balazo. Hice que lo llevaran a mi casa, a fin de curarle; pero no hubo remedio, porque cuando llegó había muerto ya. Me puse a contemplarle apenado. He visto más de un cadáver, y por ello mantuve con facilidad la sangre fría ante aquel testimonio de la muerte. ¿Quién poseía momentos antes una energía mayor que la de aquel hombre? Mil guerreros respetaban y obedecían sus menores órdenes. La trompeta y las armas permanecían mudas hasta que él hablaba. Junto a su herida reciente mostraba su cuerpo, sano y fuerte, las honrosas cicatrices que hicieron su gloria… Tal debía ser, pues, el fin del que tantas veces había arrostrado los peligros y puesto en fuga a los enemigos en las batallas…