Don Juan
Don Juan Entraron los tres en un salón magnífico y muy amplio, contemplando toda la pompa asiática de que sabe rodearse el orgullo otomano. De un extremo a otro de aquel aposento discurrían o formaban grupos multitud de personas, todas altivas y lujosamente vestidas que ni siquiera pararon atención en el eunuco y los dos cautivos. Atravesaron los tres la vasta sala, y a continuación de ella, sin detenerse, una fila de aposentos lujosamente decorados, en los que reinaban la soledad y el silencio. Llegaron a una habitación redonda, en el centro de la cual una hermosa fuente lanzaba sin cesar un rumoroso chorro de agua. Al fondo de ella se veía una puerta amplísima, cerrada por una reja, y, a través de sus barrotes, pudieron contemplar los hermosos ojos de un grupo de mujeres, cuyo rostro permanecía cubierto por un blanco velo, las cuales mostraban una intensa curiosidad por los cautivos. Siguieron después hasta un aposento, en el que se admiraban profusión de objetos que parecían inútiles, puesto que sólo constituían un halago para la mirada. Parecía el tal aposento el vestíbulo de otra serie de cuartos, por los que se iría Dios sabe a dónde. Los muebles eran de un lujo extraordinario, y simplemente tenderse en los magníficos y lujosos sofás debía de constituir un pecado. El trabajo y colorido de los tapices era tan admirable y precioso, que hacía nacer en el que los contemplaba el deseo de deslizarse sobre ellos acariciándolos.