Don Juan
Don Juan Todo merece ser explicado en un poema. La verdad es que don Juan, el último de los caprichos de esta hermosa Sultana, la había seducido con su sola presencia cuando ella pasó entre sus esclavos delante del mercado. Mandó al instante que se lo comprasen, y Baba, que jamás había rehusado su ministerio para ninguna mala jugada, recibió sus instrucciones para obrar. Si ella no tenía prudencia, el eunuco suplía esa falta, y ello explica el traje que don Juan se había visto obligado a vestirse tan a pesar suyo. La juventud y las facciones de nuestro héroe favorececieron el disfraz, y esto fue todo. Si vosotros me preguntáis cómo se aventuraba la esposa de un Sultán a satisfacer semejantes caprichos, he ahí un punto cuya contestación dejo al arbitrio de las propias Sultanas. Los emperadores más poderosos y exigentes no son sino maridos a los ojos de sus mujeres, maridos simplemente, con idéntica facultad en sus frentes, y los reyes, como las reinas, son engañados muchas veces, cosa que la experiencia y la tradición atestiguan.
La Sultana creía haber zanjado ya todas las dificultades. Estimando a Juan de su absoluta propiedad, le dirigió una tierna mirada amorosa, no exenta de autoridad, y le dijo, sin preámbulo alguno, persuadida de que su frase sería más que suficiente para abrir-le las puertas a su deseo:
—Cristiano ¿sabes amar?