Don Juan

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Miró la dama a Juan de pies a cabeza y ordenó a Baba que se marchase, lo cual hizo éste al momento Después que el guía salió, se produjo en la dama, que hasta entonces había permanecido solemne y desdeñosa, un cambio repentino. Su frente dejó ver una extraña conmoción y sus mejillas se cubrieron de un rubor semejante al de las nubes que recorren el cielo en el estío a la hora de la puesta del sol. Mezclábanse en sus ojos las variadas luces que indican el orgullo y el deleite. Su belleza tenía en tal actitud todas las gracias de su sexo, y sus facciones poseían el aire seductor del demonio cuando tomó la forma de un querubín para engañar a Eva y abrirnos, Dios sabe cómo, la senda del mal. Iguales defectos hubieran podido encontrarse en el sol que en ella. Le faltaba, sin embargo, algo, como sí pareciese más propia a mandar que a conceder. Su sonrisa era altiva, aunque muy dulce. Sus movimientos, soberanos e imperiosos. Había orgullo hasta en las uñas de sus lindos pies pequeñitos, como si ellas también hubiesen comprendido su rango. Parecía caminar sobre cabezas humilladas. Para acabar plenamente su descripción entera en alma y cuerpo, diremos que un puñal, con la empuñadura cargada de pedrería, adornaba su cintura admirable. Señal que indicaba, además de las condiciones de su carácter, que era la esposa del Sultán.



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