Don Juan
Don Juan Pero nuestro poema bien merece que hagamos una pausa, examinando determinados hechos. Hemos dejado a nuestro héroe y a nuestra tercera heroína en una situación que, aunque embarazosa, no es de las más extraordinarias, puesto que los hombres se ven muchas veces obligados a exponer su vida por dar en la triste tentación de conquistar una mujer cuyos amores les están vedados. Los Sultanes aborrecen extraordinariamente estos pecadillos, no siendo, por cierto, del parecer del sabio romano, (el heroico, el estoico, el sentencioso, el amable Catón, que prestaba su mujer a su amigo Hortensio… Ya sé que Gulbeyaz no obraba con razón, y así lo confieso, lo deploro y lo vitupero, pero, como detesto toda mentira, aunque sea en poesía, tengo que hacer constar que la razón de la Sultana era más débil que sus pasiones. Así, ella pensaba que no le bastaba el corazón de su esposo, aun suponiendo que le perteneciese por entero, lo que, en verdad, era cosa dudosa, considerando que el Emperador contaba cincuenta, y nueve años de edad y tenía mil quinientas concubinas. No soy "aritmético" como Cacio, pero, si calculamos con exactitud, tal como hacen nuestras lindas mujercitas con sus cuentas, el cálculo nos demostrará que la imposibilidad en que se encontraba el barbudo Sultán de cumplir por entero sus deberes conyugales, era lo que hacía pecar a la Sultana, pues si aquél era equitativo, no podía ésta reclamar para sí más que el insignificante mil quinientosavo de su corazón, víscera turca que debería estar entregada a su monopolio, conforme a la verdadera justicia amorosa… Se ha observado que las mujeres litigan sobre toda clase de posesiones, y si esto sucede en los países cristianos como lo prueban sendas sesiones de los tribunales en el instante en que ellas sospechan que otra tiene parte en lo que la Ley les concede para su goce exclusivo, también las damas paganas están dispuestas a reclamar lo suyo. Hacen, pues, valer sus derechos matrimoniales todas las hijas de Eva, lo mismo en los países bañados por el Tigris que en los que riega el Támesis. Gulbeyaz, pues, tenía algún motivo para sentirse caprichosa…