Don Juan
Don Juan —Bien quisiera yo—dijo Gulbeyaz—que no brillase hasta por la mañana… , pero decid a mis doncellas que formen la vÃa láctea… , y tú, cristiano, mézclate entre ellas como puedas, si quieres que te perdone tus desdenes.
Asà conoció don Juan al poderoso Sultán de TurquÃa. Mezclado con el tropel encantador de las doncellas de Gulbeyaz vio llegar a sus eunucos blancos y negros, los soldados de su guardia y sus esclavos indios. Detrás venÃa su Majestad con un turbante colado hasta la nariz y una hermosa barba que cubrÃa su rostro hasta los ojos. Sacado de una cárcel para presidir su corte y gobernar su reino, debÃa el trono al cordón con el que hacÃa poco habÃa ahorcado a su hermano. Su Majestad paseó en su derredor su mirada y viendo a Juan, disfrazado, entre las doncellas, dijo a la Sultana:
—Ya veo que habéis comprado otra muchacha. Lástima es que una simple cristiana sea tan hermosa.
Este requiebro hizo temblar y sonrojarse a la virgen recién comprada, en tanto que sus compañeras la miraban entre mohines y cuchicheos que la etiqueta contenÃa. La envidia no es sólo patrimonio de nuestras damas europeas. ***