Don Juan

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Enternecióse Juan al verla; mas era tanto su heroísmo, que se hubiera dejado empalar, descuartizar, degollar en medio de los mayores tormentos, arrojar a los leones, o servir de cebo a los peces, antes que consentir en el pecado, excepto cuando ello le conviniese. De todos modos, su virtud vaciló ante aquel tierno espectáculo. En un momento se asombró de haber rehusado las proposiciones de la Sultana y hasta soñó que aún podía volver a entablar negociaciones, concluyendo por acusar a su salvaje virtud lo mismo que el monje acusa al voto que ha contraído o la mujer al juramento que ha prestado, de lo que resulta con frecuencia que una y otro violen su juramento y quebranten su voto… Empezó, pues, Juan, a tartamudear algunas excusas, pero las palabras no bastan en semejante negocio. Sin embargo, en el momento en que una lánguida sonrisa de Gulbeyaz le traía la esperanza de hacer las paces, entró de repente, sin aviso, y con una expresión de terror en los ojos saltones, el viejo Baba. Se arrojó a los pies de la Sultana y exclamó, sin aliento:

—Esposa del Sol y hermana de la Luna, Emperatriz de la tierra, vuestro esclavo os trae…, esperando que no sea demasiado pronto… , noticias dignas de vuestra sublime atención: El Sultán llega. El mismo Sol me ha enviado a anunciaros su venida…


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