Don Juan
Don Juan En cuanto a don Juan, disfrazado con sus vestidos de doncella, hubo de no olvidarse de tal disfraz entre sus compañeras, a las que, sin embargo, no pudo menos de admirar a cada instante, contemplando a conciencia sus encantos, desde la garganta hasta las uñas de los piececitos. Confundido con ellas, fue trasladado al dormitorio de aquellas hermosas jóvenes y, después de un agradable rato dedicado a la conversación, el juego, la danza y el canto, se encontró convertido en la mejor "amiga" de tres de aquellas muchachas, llamadas Lolah, Katinka y Dudú. Lolah era morena, fuerte y flexible, como una indiana; Katinka, que había nacido en Georgia, blanca y sonrosada, con grandes ojos azules, bonitos brazos, lindas manos y unos pies tan pequeños que no parecían hechos para andar, sino para deslizarse suavemente sobre la tierra; al paso que Dudú, bellísima y muy joven, parecía estar hecha para vivir siempre en la cama, porque era más bien algo gordita, lánguida e indolente, y con un atractivo singular que hacía perder la cabeza a cualquiera. Se hallaban las cuatro amigas en la más amable y cariñosa conversación posible cuando la encargada de las doncellas se acercó y dijo:
—Ya es tiempo de acostarse. No sé qué hacer de vos, querida niña—añadió, dirigiéndose a don Juan—. Vuestra llegada no estaba prevista, y todas las camas están ocupadas. Habréis de partir conmigo la mía. Mañana por la mañana arreglaremos el asunto.