Don Juan
Don Juan Al oÃr estas palabras, Lolah se apresuró a intervenir:
—Vuestro sueño es ligero, querida dueña, y no puedo sufrir que nadie lo turbe. Me llevaré a Juana. No nos molestaremos nada la una a la otra, pues entre las dos somos la mitad de delgadas que vos. Os respondo de cuidar bien a la joven extranjera.
Pero fue interrumpida por Katinka, la cual manifestó que sentÃa también compasión por su amiga y poseÃa igualmente una cama, añadiendo:
—Además, odio el dormir sin compañÃa.
—¿Por qué?—replicó la matrona, frunciendo las cejas.
—¡Oh! —dijo Katinka—. Por miedo a los duendes.
—Os advierto a las dos —replicó la matrona—que debéis continuar durmiendo solas, en tanto el Sultán no opine de otro modo. Confiaré a Juana a Dudú que es tranquila, inofensiva, silenciosa y tÃmida, y que no se mueve, ni charla, ni rÃe, ni molesta en toda la noche. ¿Qué os parece, hija mÃa?
Dudú no respondió nada, porque era de un carácter bastante silencioso; pero se levantó para besar a la matrona en los ojos y a Katinka y a Lolah en las mejillas y, después, con un ligero movimiento de cabeza, tomó a Juana de la mano para conducirla a su habitación y a su lecho.