Don Juan

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Tal habitación era el dormitorio común de todas aquellas ninfas, y Juan fue conducido por Dudú por aquel laberinto de mujeres, escuchando las explicaciones de la dulce niña sobre las costumbres de Oriente y las leyes castas y púdicas, gracias a las cuales, cuanto más se puebla un harén, más estrictas se van haciendo, por necesidad, las virtudes virginales de cada belleza supernumeraria.

Después de todo esto, la dulce Dudú dio a quien ella tenía por Juanita un casto beso, pues estaba loca por dar besos, lo que nadie, estoy seguro, tomará a mal, ya que se trata de algo muy grato que, además, no significa nada entre mujeres. Se fue quitando después, inocentemente, sus vestidos, lo que no le costó mucho trabajo, porque, como hija de la naturaleza que era, se adornaba con muy pocos velos. Las diferentes prendas de su traje fueron puestas a un lado, una después de otra, aunque no sin que Dudú hubiera ofrecido primero su ayuda para desvestirse a la hermosa Juana, si bien la excesiva modestia de ésta le hizo rehusar la complaciente oferta. Después ambas se metieron en la cama, en la mutua actitud de ignorancia y sobresalto que el lector puede suponer.




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