Don Juan
Don Juan Mientras sucedÃa lo que queda relatado, los tÃmidos rayos de la nueva aurora envolvÃan tiernamente el palacio del Sultán de TurquÃa. La bella Gulbeyaz, abandonando su lecho, en el cual sólo habÃa hallado insomnios, un lecho magnÃfico y más blando que el de aquel sibarita que gritaba de dolor cuando encontraba en su cama una hoja de rosa, se cubrió con una capa de gasa y se adornó con algunas joyas. Era tan hermosa que el arte de tocador no hacÃa sino destacar levemente sus propios atractivos. En aquel momento se hallaba tan agitada que ni siquiera pensó contemplarse en cualquier espejo, por lo que perdió una ocasión de sentirse orgullosa de sà misma, puesto que su palidez y sus ojeras, consecuencia de la mala noche que habÃa pasado en lucha entre el amor y el orgullo, la hacÃan aún más bella.
Casi al mismo tiempo, o quizá un poco más tarde, se levantaba también el Sultán, dueño sublime de treinta reinos y de una mujer que, sin embargo, lo aborrecÃa. Cuando el Sultán abandonó el palacio, Gulbeyaz se retiró a su gabinete e hizo llamar a Baba. Le preguntó por Juan y se informó de lo que habÃa pasado desde que los esclavos se retiraron. ¿Qué habÃa hecho Baba de ellos? ¿HabÃa salido todo a la medida de su deseo? ¿HabÃa sido conocido el disfraz? Pero, sobre todo, ¿cómo habÃa pasado Juan la noche y en qué sitio? ¡Oh!, la Sultana estaba impaciente por saberlo…