Don Juan

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Baba parecía preocupado, perplejo, y como si quisiera ocultar algo. Gulbeyaz, que amaba ante todo la obediencia rápida en sus súbditos, multiplicó sus preguntas; pero las respuestas eran cada vez más vagas, de manera que el semblante de la Sultana comenzó a dar señaladas muestras de disgusto. Con ello, Baba hubo de ser relativamente sincero, y explicó a su dueña que don Juan había sido confiado a Dudú y se había visto obligado a pasar la noche con ella en un mismo lecho. De todos modos, él estaba seguro de que Juan no había dejado conocer su verdadero sexo… Buen cuidado tuvo Baba de olvidar en su relato el extraño sueño sufrido por Dudú.

Aunque Gulbeyaz no era una mujer débil y propicia al desmayo, como lo son las damas cristianas, aunque no lo sean, el hecho es que pareció próxima a desmayarse. Postrada lentamente en un sillón apoyó su hermosa cabeza entre las manos, reclinando los brazos sobre las trémulas rodillas. Una sombría desesperación elevaba y oprimía su seno encantador, y su larga cabellera caía sobre su rostro ocultando casi sus hermosas facciones y sus exquisitas manos pálidas… Baba, que sabía por experiencia cuándo debe hablarse y cuándo no, contuvo su lengua hasta que hubo pasado aquella tempestad… Por fin, la Sultana se dirigió al eunuco y le dijo:

—Baba, trae a los dos esclavos.


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