Don Juan
Don Juan Baba se estremeció y pareció dudar un momento, pidió perdón después y, al fin, acabó por suplicar respetuosamente a su ama que se sirviera decirle con exactitud a qué esclavos se refería.
—La georgiana y su amante—replicó Gulbeyaz, y luego añadió—: Que esté pronta la barca al pie de la puerta secreta; lo demás ya lo sabes.
Baba suplicó a la Sultana que revocase la orden que acababa de oír.
—Oír es obedecer —dijo—, pero pensad en las consecuencias. No es que no esté pronto a obedeceros, pero una precipitación puede constituir un grave riesgo, señora mía.
Pienso en vuestra sensibilidad, en el caso que se produjera un descubrimiento inesperado. Aun oculto por las olas más profundas de todos los mares vuestro esclavo, ya le amáis, señora, y si recurrís a un medio violento y lo hacéis perecer, no os curaréis por ello.
—¿Qué entiendes tú de amor, miserable? ¡Vete! ¡Vete y ejecuta mi voluntad!