Don Juan

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—Una providencia especial ha querido que vuestro antiguo regimiento sea el señalado para el asalto. He jurado a más de un santo que entraremos en la fortaleza, quieran o no quieran… ¡Así, pues, hijos míos, a la gloria!… Vos, Jhonson, volveréis a incorporaros al mando de vuestro regimiento. El joven extranjero se quedará entre los bravos que me rodean. En cuanto a las mujeres, y a ese otro que pertenece a una clase especial, irán con sus bagajes a las tiendas de los heridos.

Pero aquí tuvo principio una verdadera escena. Las damas, que por cierto no habían sido educadas de modo que se pudiera disponer de ellas de tal manera, a pesar de su educación de harén, levantaron la cabeza y, con los ojos inflamados y arrasados en llanto, extendieron sus brazos y se agarraron firmemente a Jhonson y a don Juan. Entonces Suvaroff, que tenía poco miramiento ante las lágrimas y poca simpatía hacía las lamentaciones, creyó ver, sin embargo, cierta emocionada simpatía en aquellos ademanes femeninos, y dijo a Jhonson con el más blando acento que le fue posible usar:





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