Don Juan

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Entretanto, las pobres mujeres, deshechas en llanto, empezaban a perder la confianza que tenían en sus propios protectores, y en medio de su tristeza se sorprendían de que un anciano, en mangas de camisa, sucio, con el barro hasta las rodillas, fuese más respetado y ordenara con mayor soberanía aún que el más ostentoso sultán del mundo. Tal comprobación no hizo sino aumentar sus penas, y, viendo Jonhson el dolor que las aquejaba, intentó dirigirles, a su modo, algunos consuelos. Don Juan, que era mucho más sentimental, les juró que volvería a verlas al alba, o que se arrepentiría de ello todo el ejército ruso, consiguiendo que tales palabras, por lo que gusta a las mujeres la exageración, llevaran a su ánimo algún consuelo. En seguida, después de algunas lágrimas, algunos suspiros y algunos besos, se separaron de ellas. Los hombres tomaron las armas para incendiar una población que no les había hecho daño alguno, en tanto que las mujeres fueron a esperar su regreso Suvaroff, que consideraba la vida como una pequeñez, y que con tal de obtener un triunfo se le daba muy poco de la pérdida de su ejército, se olvidó al momento de las dos mujeres y media abandonadas. La obra de su gloria continuaba entretanto y se preparaba un cañoneo tan terrible como el de Ilión, si Homero hubiera hallado morteros que enfilar contra las murallas.



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