Don Juan
Don Juan ¡Pobre doña Julia! Fue despertada por toda aquella baraúnda (reparad bien que no digo que no aseguro que estuviese dormida), y empezó desde el momento mismo a dar gritos, a afligirse y a derramar lágrimas. Su fiel criada Antonia, que gozaba de toda su confianza, aquélla que la había avisado un momento antes, se apresuró a poner el lecho en disposición de que pudiese verse que su ama había dormido y terminaba de salir de él. Pero, por si acaso, Julia y Antonia se presentaron ante los invasores como dos pobres mujeres inocentes, que, temiendo a los muertos aparecidos, y aún más a los vivos, en la soledad oscura de la noche, habían imaginado encontrarse mejor si dormían juntas, ya que igual un fantasma que un don Juan atrevido serían más fácilmente rechazado por dos mujeres que por una. He aquí por qué las dos se habían acostado tranquilamente en la misma cama, lado a lado, esperando que el señor volviese, hasta el momento en que, habiendo llegado el amado esposo, éste se presentara diciendo tiernamente: "Mí querida amiga, vedme aquí." Explicación clarísima, dulce y convincente.
Doña Julia recuperó al fin su voz, y exclamó entre suspiros: