Don Juan
Don Juan —¡En nombre del cielo, señora mÃa!, ved a mi amo que se acerca con la mitad de sus criados tras de él! ¿Se ha oÃdo hablar jamás de una desgracia semejante? ¡Oh, no es falta mÃa, yo vigilaba…, pero… por Dios, señora, descorred el cerrojo más aprisa…! ¡Están ya al pie de la escalera!… ¡Ya llegan!… Puede ser que todavÃa tenga tiempo de huir… A Dios gracias, las ventanas no son muy altas… Señora, señora.
Don Alfonso habÃa llegado ya con sus amigos y los criados, todos portando hachas encendidas. Ya la mayorÃa de ellos habÃan humillado su noble cabeza bajo el dulce yugo del himeneo…, pero no se hacÃan rogar para venir a turbar el sueño de una mala mujer, que se atrevÃa tan desconsideradamente a adornar en secreto la respetable frente de su marido. Bien es cierto que los ejemplos de esa naturaleza son muy contagiosos, y que si de cuando en cuando, no se castigase con severidad a una delincuente semejante, todas las mujeres tomarÃan el gusto a tales desórdenes.
No puedo decir por qué, ni cómo, ni qué sospechas se habÃan introducido en la cabeza de don Alfonso; pero para un caballero de su condición, representaba ciertamente muy poca educación venir sin ningún aviso ni antecedentes a sitiar de aquel modo el lecho de una dama, convocando a sus lacayos, armados de espadas y de hachas, a ser testigos de aquello ante lo que él sentÃa tanto horror.