Don Juan

Don Juan

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Volvamos a nuestra historia. Estábamos en el mes de noviembre, cuando los días hermosos son muy raros y las montañas blanquean a lo lejos como si cubriesen con una inmensa capa blanca sus pardos vestidos; el mar empuja sus olas espumosas contra las rocas, y el sol, haciéndose prudente, se retira a las cinco de la tarde… Era una noche nublada, sin luna, sin estrellas; el viento no se oía o soplaba a intervalos; algunas chimeneas brillaban alegradas por las llamas, y en ellas la leña chisporroteaba feliz, contemplando las honestas familias reunidas a su alrededor. Hay siempre un encanto profundo en la claridad de un hogar encendido, y junto a él la vida parece tan agradable como lo es un hermoso día de verano. Yo gusto del fuego, de los crujidos de la leña, de la ensalada de langosta, del champaña y de la buena conversación…

Era medianoche… Doña Julia, tan hermosa, descansaba en su cama, y, probablemente, dormía… Inesperadamente, se oyó en su puerta un ruido capaz de interrumpir los sueños de los muertos. Una mano vigorosa la empujaba con violencia, y una voz gritaba:

—¡Señora! ¡Señora! ¡Respondedme!

La misma voz seguía clamando:


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