Don Juan
Don Juan Hay licencias poéticas. Mi licencia consiste en tomar de la mano al lector y conducirle desde el día 6 de junio, en que fue testigo del primer encuentro de doña Julia y de don Juan, hasta un día cualquiera del mes de noviembre… Es muy placentero a media noche sobre los llanos azulados de las ondas creadas por la luna, oír los suaves y compasados movimientos de los remos en el agua y los cantos lejanos y lentos de los gondoleros del Adriático. Es inexpresablemente agradable contemplar el nacimiento de las estrellas en la noche; percibir el suave rumor del cierzo que resbala sobre las hojas trémulas de la arboleda; oír el zumbido de las abejas, el canto de los pájaros; ser despertado por los jóvenes gritos de las golondrinas; dormirse al arrullo del agua de los riachuelos; ver los racimos verdes de las uvas maduras derramar arroyos de púrpura sobre la tierra, y también lo es huir de las ciudades tumultuosas para disfrutar en paz la alegría de las silenciosas campiñas. Al avaro le place contar su oro. Para un padre, nada es comparable al nacimiento de hijo primogénito, su tartamudez infantil y sus primeras balbuceadas palabras. Es dulce también la venganza… particularmente entre las mujeres. El pillaje es amable para los soldados y para los piratas… Pero cien veces más dulce, mil veces más dulce es nuestro primer amor; de tal modo, que para nosotros lo pasado es como la memoria que conservaba Adán de su caída. El árbol de la ciencia ha sido ya despojado de su fruto—todo nos es ya conocido—, y la vida no nos ofrece nada que sea digno del pecado cosa tan dulce como la ambrosía. Sin duda hace alusión a él la fábula de aquel juego divino que Prometeo fue a robar a los cielos, crimen que los dioses jamás le perdonaron.