Don Juan

Don Juan

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Al comenzar la noche del duodécimo día de naufragio, el navío se inclinó y se sumergió en las aguas rápidamente. Entonces se elevó hasta los cielos el terrible grito humano del último adiós. Voces tímidas hicieron oír sus quejas lastimosas, mientras los más valerosos guardaban un triste silencio. Muchos se precipitaron en las aguas, profiriendo espantosos gritos. El mar se abrió, como una infernal caverna, y el navío arrastró con él una ola devoradora, del mismo modo que si su misma fuerza y vitalidad hallaran alegría en aquella tragedia… Casi todos los viajeros perecieron, salvándose tan sólo unos pocos de ellos, a los que la energía, la habilidad o la suerte concedieron un lugar en el bote o en la lancha. Cuando todo hubo terminado y el barco reposaba en el fondo del mar, los supervivientes hicieron un recuento. Nueve personas ocupaban el bote y treinta la lancha. Juan había sabido colocarse en ésta, y hasta consiguió llevar consigo al licenciado Pedrillo. Parecía que uno y otro hubieran cambiado sus papeles en la vida puesto que Juan tenía aquel aire de autoridad que da el valor y la decisión, en tanto que los ojos del pobre licenciado se hallaban anegados por las lágrimas que produce el miedo. Los criados de don Juan habían perdido la vida, sin duda por hallarse a la hora de peligro más repletos de ron de lo que era conveniente, pero a nuestro héroe le quedaba, sin duda, el consuelo inocente de haber podido salvar de la muerte a su viejo perrillo faldero. Este animalucho, que había pertenecido a don José y que don Juan amaba profundamente, fue lanzado por él sobre la lancha antes de que el navío se sumergiera.


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