Don Juan

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Don Juan había llenado sus faltriqueras y las de Pedrillo con todo el dinero que pudo caber en ellas y, convencido de que al fin acabarían salvándose del naufragio, se sentía satisfecho de su previsión y relativamente feliz de haber podido salvar a su preceptor y a su perro.

* * *

La noche era espantosa y la situación de los náufragos realmente desesperada. Entre las olas embravecidas, al poco tiempo, desapareció el pequeño bote, y con él se hundieron los nueve hombres que lo ocupaban. La lancha siguió flotando todavía. Salió el sol entre nubes rojizas, y entonces fueron distribuidos unos tragos de ron y de vino entre los desdichados supervivientes. Todos estaban reducidos a una escasísima ración de pan mohoso y, entre la tormenta, sus pobres cuerpos no tenían para cubrirse otra cosa que unos miserables andrajos calados de agua. Eran treinta, y todos ellos, amontonados en el corto espacio de una lancha que apenas les permitía realizar el menor movimiento. Ensayaron cuanto les fue posible para aliviar y hacer más cómoda su posición, y así la mitad de ellos se tendieron en los bancos, mientras la otra mitad se mantenía en pie y se repartía el trabajo de la guardia. De esta manera, temblando de fiebre, de frío y de terror, hacinados en su barquichuela, sin otro abrigo que la capa del cielo y las rabiosas olas del mar, permanecían los pobres náufragos.


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