Don Juan

Don Juan

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Haida era tan hermosa que toda su dote carecía de valor en comparación con su sonrisa. Se criaba en su casa como una hermosa planta en su jardín; a los dieciséis años ya se había negado a varios amantes, mostrando de esta manera la firme voluntad de su alma hacia el verdadero amor. Paseando por la playa a la puesta del sol, había encontrado a don Juan sobre la arena, sin movimiento y casi muerto de hambre y fatiga. Compadecida de su estado y su belleza, se decidió a salvarle; pero, para evitar que el alma codiciosa de su padre quisiera comerciar con el náufrago curándole las heridas y vendiéndole después como esclavo, concibió la idea de depositar por el momento a don Juan en el interior de la gruta. El bien produce placer siempre al que lo ejecuta, y Haida hubo de alegrarse mucho de su decisión de salvar al extranjero desconocido cuando éste abrió los ojos al volver a la vida. Esos ojos negros aumentaron de tal modo su compasión que, si la cosa la fuera hacedera, habría abierto a don Juan las puertas del paraíso.

Haida, ayudada por su fiel sirviente Zoé, colocó a don Juan sobre una cama de pieles y lo cubrió con su propio capote bordado, rogándole que descansara tranquilamente y prometiéndole visitarle al rayar el día próximo para llevarle alimentos.


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