Don Juan

Don Juan

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Cuando llegó la mañana, Haida, que había pasado muy intranquila la noche, bajó a la gruta: el sol recién nacido la envolvía con sus rosados fuegos y la amable aurora, teniéndola por una hermana suya, derramaba su dulce rocío sobre sus hermosos labios. Entró en la gruta, tímida y apresurada a un mismo tiempo; vio que Juan dormía pacíficamente, como un niño; se detuvo absorta de admiración ante él, y, luego, se adelantó de puntillas y cubrió cuidadosamente su cuerpo, temiendo que el aire frío del amanecer helase sus adormecidos miembros. Silenciosa e inmóvil se inclinó sobre su rostro y lo contempló lentamente aspirando el suave aliento que se escapaba de sus labios.

Al fin, tras largo rato de contemplación y espera, don Juan abrió sus grandes ojos sorprendidos, hallando frente a él el hermoso rostro de Haida. Entonces se incorporó sobre uno de sus brazos y miró lentamente a la bella joven, sobre cuyas mejillas se disputaban la preferencia el carmín de la rosa y la limpia palidez del lirio. Haida, en ese momento, habló a don Juan, y sus palabras no fueron más elocuentes que el fuego de sus ojos. Le explicó en griego las peripecias de su salvación y le rogó cariñosamente que tomara algún alimento.



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