Don Juan

Don Juan

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Don Juan no pudo comprender una sola palabra de su discurso, pero la voz de Haida parecía el gorjeo de un pájaro, tan tierno, delicado y sencillo, que él nunca había escuchado una música tan dulce y patética. Contemplaba a la joven como aquél que ha soñado el lejano sonido de un órgano y que duda al despertar si todavía sueña… Salió por fin de su éxtasis, gracias a su apetito. Los amables olores del almuerzo preparado por Zoé obraron seguramente sobre sus sentidos, así como la vista de la llama ante la que guisaba la sirviente… Después de comer, don Juan arrojó al fuego sus ropas destrozadas y se vistió un traje completo de griego que las dos jóvenes habían llevado a la gruta. Haida se puso entonces a parlotear. Juan no comprendía una palabra, pero escuchaba atentamente. Cuando Haida comprendió que don Juan no la entendía, recurrió a los gestos, a las señas, a las sonrisas, leyendo en el rostro de él la respuesta que deseaba… Y en verdad que es delicioso aprender una lengua extraña a través de los ojos y los labios de una mujer hermosa. Entendámonos: en verdad que lo es cuando maestra y discípulo son jóvenes y bellos. Una linda mujer os sonríe tan tiernamente cuando decís una palabra bien dicha, o cuando la decís mal, que nada es comparable a sus lecciones. A ellas sigue un dulce apretón de manos, y quizá hasta un casto beso, algunas veces… Lo poco que yo sé de algunas lenguas extranjeras se lo debo a ese método… Ved a don Juan adelantar en el conocimiento del griego y ved cómo, al mismo tiempo, conoce que se halla invadido por un sentimiento tan universal como el sol y tan imposible de esconder en la intimidad secreta del corazón como la misma alegría… Se sintió enamorado de Haida… Confesad que a vosotros os hubiera ocurrido exactamente igual… El amor le entró a Juan como le entra a todo el mundo.


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