Don Juan
Don Juan Todos los días, al rayar la aurora, lo cual parecía excesivamente madrugador para Juan, que gustaba de dormir hasta avanzada la mañana, Haida iba a la gruta, pero era solamente por contemplar el sueño de su amigo. Levantaba los bucles de sus cabellos con una mano tan cuidadosa que no le despertaba, y su cabeza permanecía silenciosamente inclinada sobre las mejillas de Juan, semejante a un céfiro que se detiene sobre un lecho de rosas.
Cada día, el rostro de don Juan demostraba más claramente el restablecimiento de su salud, primera necesidad del hombre y esencia misma del verdadero amor. La salud y la ociosidad son para la pasión lo que el aceite y la pólvora para el fuego, y por ellas, así como por Ceres y Baco, el amor vive. Venus dejaría muy pronto de parecer bella y terrible sin todos esos elementos. Pero, en tanto las cosas sean como son en este pícaro mundo, mientras la tal Venus ocupa nuestro corazón, Ceres nos ofrece una excelente sopa, puesto que un amante de carne y hueso tiene necesidad de reponerse, y Baco derrama los chorros de su divino néctar sobre nuestra mesa. Una buena jalea de huevos y una copiosa ración de ostras son cosas muy favorables a los que se ocupan en los dulces juegos de Citera. Pan y Neptuno son, allá arriba, los proveedores de los dioses.