Don Juan
Don Juan Cuando Juan se despertaba hallaba siempre prontos muy buenos manjares. Tomaba un baño, se desayunaba, y admiraba los hermosos ojos que habían hecho nacer el amor en su corazón. Haida era tan inocente, y ambos tan jóvenes, que el baño no tenía para ninguno de los dos reparo alguno que le privase de gracia. Juan era, a los ojos de la joven griega, aquel ser que sus deseos esperaban hacía ya algún tiempo, y que se le había aparecido en sueños. Un mortal que ella había de hacer dichoso, destinado a su amor y a crear con ella la mutua felicidad de ambos… Aquel que quiera conocer los verdaderos placeres es necesario que tome parte decidida en ellos, y así, la dicha debería estar representada por dos gemelos… ¡Era tan dulce para Haida la sola contemplación de Juan! Se doblaba, y aun se multiplicaba el encanto de la existencia, la contemplación de la naturaleza, cuando se sentía temblar bajo su mirada, o cuando contemplaba su sueño… Vivir para siempre con él le parecía a ella una felicidad tan perfecta, que casi no se atrevía a esperarla, y la idea de una separación la hacía temblar… Juan era su tesoro, salvado del Océano y arrojado a la playa como el rico despojo de un naufragio… Era su primero y último amor.
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