Don Juan
Don Juan Un mes transcurrió de esta manera. La hermosa Haida visitaba todos los días a su amigo, tomando precauciones tan severas para ello, que éste permaneció ignorado de todos en su gruta de las rocas. Como el padre de Haida se hallaba viajando, la hermosa joven podía disponer de su libertad enteramente… Yo la comparo a las señoras casadas de nuestros cristianos países conocidos que, como se sabe, no están vigiladas jamás… Haida aprovechó su libertad, como es natural, para prolongar sus visitas y sus conversaciones con don Juan. Pasaban juntos horas enteras y solían dar largos paseos al anochecer, en ese inexpresable instante de absoluta belleza en que la isla se sumergía en dos aureolas de luz diferentes: la del sol, que se hundía en el mar por Poniente, y la de la luna, que se elevaba del lado contrario sobre las aguas.
Junto a Haida, don Juan se sentía feliz. Contemplaban ambos la espuma que las olas abandonaban sobre la arena al retirarse. Una espuma semejante a la que corona una copa de champaña llena hasta los bordes…